LA ESTRUCTURA DEL DUENDE

SINOPSIS

“La estructura del duende” es sobre todo un trabajo de experimentación poética dónde el autor busca su propia voz, y utilizando la metáfora y la métrica se fusiona con las epifanías que le ofrece la vida en su marco más cotidiano, la experiencia.
Con cercanía al lector, narra momentos vitales de su vida como la muerte de un padre y el nacimiento de un hijo. Y todo ello, hilado por sus cinco capítulos, nos lleva a compartir con el autor los vaivenes de una vida que “todavía puede ser vivida en su plenitud”.

PRÓLOGO DE PERE BALLART
UNA INVITACIÓN AL BAUTIZO DE LAS COSAS
Durante bastante tiempo, de Juanma Leiva, que un día fuera buen alumno mío, he sabido más bien pocas cosas. Que por fin se haya decidido a romper el silencio con un libro de poemas, y encima con la propuesta de que yo le ponga prólogo, es por lo tanto la mejor de las noticias. Asistí en el pasado a sus primeros pasos por la senda del verso y verle al cabo, algunos años después, firmando este puñado de composiciones que ya el lector estará impaciente por conocer es, creo, la prueba más obvia de que la tenacidad tiene premio, siquiera en el mundo mago de las palabras enlazadas por el arte.
Hete aquí que su obra se nos acerca y se nos planta delante con un título que parece explicar por sí solo los misterios tras cuya nube se ha envuelto siempre la poesía. Como el clásico Jano de dos caras, que miraba en opuestas direcciones, La estructura del duende apunta por un lado al cálculo extremado y al rigor minucioso y consciente; por el otro, a lo irracional y lo oscuro que a veces convoca el idioma de modo inesperado. Y es que no es otra la doble condición de la poesía, que la convierte a la vez en un discurso metódicamente construido y en sugestión de estados de alma y emociones que no siempre tienen que ver con la vigilia o la razón. Es imposible no recordar a este propósito lo que decía en 1933 Federico García Lorca, en una conferencia titulada «Juego y teoría del duende», donde daba este curioso nombre no a uno de esos geniecillos traviesos que los cuentos presentan trasteando de noche por las casas, sino, muy por el contrario, a lo que para él constituye el principio de la verdadera esencia artística. El autor del Romancero gitano concibe el duende como un «aire mental […] en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados», en lo que tiene muchas coincidencias con lo que la tradición ha definido como inspiración creadora. Pero Lorca hace mucho hincapié en que ese duende no es «ángel» ni «musa», y con ello quiere decir que no se trata de ningún don afortunado que el poeta deba esperar pasivamente a que caiga del cielo; al duende, concluye, «hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre». Trabajo, revisión, corrección, introspección exigente… Todo eso forma parte por supuesto del laborioso día a día del poeta, y presumo que una parte no despreciable de estos años en que perdí la pista a Leiva los ha pasado limando y puliendo su particular diccionario, apretando las clavijas del instrumento de su voz poética, como lo prueban sus poemas actuales, mucho más seguros y afinados que aquellos balbuceos que me dio a leer cuando empezaba. Su lengua de hoy no me cabe duda de que le faculta —en sus propias y certeras palabras— «a observar | una lección en cada esquina, | y el deber poderoso de enfrentarme a mí mismo».
Para esa difícil tarea, la de aprender a leer cada rincón de lo real y luego ver en qué medida puede uno ser digno del saber así obtenido (una tarea, dicho sea de paso, que podríamos hacer extensiva a cualquier poeta que se precie), Juanma Leiva juega a menudo, como verá enseguida quien deje atrás este prólogo, la carta de la metáfora. Quien ya en el segundo poema advierta complacido que un lobo y un sofá pueden no ser exactamente lo que sus nombres anuncian se dará cuenta de por qué derroteros avanza la manera de expresarse que nuestro autor ha escogido. El mismo Lorca lo aclaraba cuando, muy pocos años antes de presentarnos al duende, decía en otra charla que la metáfora «une dos mundos antagónicos por medio de un salto ecuestre de la imaginación». La frase, preciosa, puede hacer pensar en una de esas acrobacias con que un corcel cepillado y lustroso salta vallas en cualquier competición de gente guapa. A mí, en cambio, siempre me ha sugerido esa maniobra imprevisible y genial por la que en los tableros de ajedrez una pieza encabritada, dibujando una ele, salta donde menos pensaba el adversario. Basta leer un par de versos cualquiera de La estructura del duende para convencerse de que Leiva sabe que, si queremos sorprender a la realidad, debemos ser más rápidos y audaces que ella misma: nuestro lenguaje corriente, el que sirve para pedir un café o, aun peor, para pedir el voto, no vale en cambio para cercar ningún misterio; avanza simplemente por un carril de ideas recibidas. Solo el salto sin red de ese potro indomable que es lo imaginado nos meterá, a poeta y lector, en la blanca llanura de la página, desde donde podremos atisbar otros órdenes, otros paisajes, otras reglas y, como en un profundo espejo, bruñido y brillante, otra forma de mirar la propia vida.
¿Cómo tramitar con las palabras de todos, tan gastadas y genéricas, la riqueza que es capaz de encerrar un solo hombre? Tal era la pregunta que alguna vez se formuló el ensayista Joan Fuster, para quien la poesía, que se enfrenta al duro reto de hacer personal lo ordinario, es una rehabilitación del idioma, el rescate por el cual el poeta salva a la lengua, con su «trato lustral», de perecer hundiéndose en las ciénagas de la vulgaridad. Si recorremos con la debida atención los poemas de este libro no tardaremos en ver que su autor ha puesto todo su empeño en redimir las voces que decimos cada día para darles un destino mucho más ambicioso; no porque no fueran bellas ni exactas, sino porque sujetas a nuevas combinaciones, a los «acentos ignorados» que mencionábamos arriba, se ensancha su potencial, abierto así a significados inéditos. Quien pretende que nuestro sueño siga «ileso», protegido de las «facturas | de los días difíciles» y alimenta la ilusión de que en el momento más insospechado —como ocurre a los protagonistas de «Temblor en el bar»—, nuestras emociones acierten a partir juntas, para perderse en «alta mar», es sin duda alguna el intérprete de una realidad distinta, latente por debajo de esa otra que tan aburridamente conocemos a diario.
El nombre de Juanma Leiva hace tiempo que empieza a asociarse no solamente con los circuitos de la literatura. Creador inquieto y activo, también las artes plásticas le reclaman para sí como una voz con cosas que decir, y lo cierto es que leyendo sus poemas podemos intuir que, si es él quien las oficia, más de una disciplina artística puede ser, como la lírica o la música, «un lugar donde encontrarse». Felicitémonos, pues, por una ocasión como la que regalan estos versos, que urgentes nos invitan —y os invitan— a celebrar con ellos la vitalidad del duende, el mismo duende que Lorca dijo capaz de consumar poéticamente «el constante bautizo de las cosas recién creadas».
PERE BALLART


Espectáculo poético-flamenco
“La estructura del Duende”

En la presentación del libro de poemas “La estructura del duende”, editado por Ediciones InVerso, Juan Manuel Leiva, Manuel Ferrer, Samuel Ferrer y Marc Santó, se han unido en un espectáculo sin el cual es difícil entender el título del poemario.

Los poemas, contemporáneos, arraigados en la experiencia y con una emoción sincera, dialogan con las raíces de una música ancestral con la hondura y el quejido de un dolor muy antiguo.

En esa intersección del alma es donde se encuentran estos artistas.
“La estructura del duende” es en sí una declaración de intenciones donde los textos, trabajados en su forma y en su contenido, esbozan una estructura necesaria para poder explicar desde la esfera contemporánea ideas con arraigo y ancladas en la universalidad del sentimiento humano que trasciende todos los tiempos.