ENAMORAMIENTO VITAL

 

Creo que en la sociedad en la que vivimos hay una gran carencia de amor. Por las experiencias vividas por estas últimas generaciones nos damos cuenta que la idea del amor romántico ha hecho mucho daño a las relaciones, las familias nucleares y a la sociedad entera.

Lo hemos visto como un tipo de amor ilusorio y patriarcal y hemos roto con él, o como mínimo estamos en el proceso.

Pero en ese camino nuevo, y con la incertidumbre que todo camino lleva al dar los primeros pasos, nos hemos dado cuenta que la ausencia de afecto y el afecto take-away de los días difíciles tampoco es el pozo donde buscar el bienestar.

 

De quien enamorarse?

De un cuerpo?

De un intelecto?

De un alma?

 

Creo que de lo que nos enamoramos es de una vibración. No hay nada más que una vibración detrás de cada cual aunque nos hayamos empeñado en creer que la persona que tenemos enfrente es “algo” . En el fondo hace ya tiempo que sabemos que quien hay enfrente es una máscara, un ego, algo que protege la esencia para no ser dañada.

Pero ahora es otra la cuestión, detrás de esa esencia hay una vibración, unas ondas cuánticas que nos hacen percibir un enamoramiento vital hacia las personas o las cosas.

 

Y ese enamoramiento vital tiene una peculiaridad, como el arte, depende de cómo es mirado.

 

En el mundo cuántico está ya estudiado que las partículas invisibles para los microscopios son de una importancia crucial para la vida.

Son vibraciones que traspasan la forma y le dan materia.

Por eso, cuando una persona es más “leve”, las ondas que nos circundan pueden pasar más fácilmente a través de ella. De este modo la persona leve forma parte como de un hilo conductor que le da sentido a esa materia al ser transmitida a otra persona o cosa en forma de energía vital, ejerce como filtro orgánico de la antimateria y de las materias no visibles.

Por el contrario las personas “densas” no dejan pasar el flujo cósmico de partículas cuánticas que nos atraviesa, y ellas sufren un gran debilitamiento sin poder ser transmitidas, con lo cual ese potencial de flujo cuántico queda en un lugar muerto sin que sea posible su intercambio.

A estas personas se les podría denominar agujeros negros ya que su pesada masa acaba con toda la materia y antimateria que le circunda.

 

La naturaleza es un ser vivo con energía vital, en una piedra hay millones de átomos en movimiento y miles de millones de partículas invisibles atravesándolo, las personas somos seres orgánicos en continuo movimiento molecular, el arte… ¿Cuáles son las partículas del arte?

 

Cuando digo que para el enamoramiento vital es necesaria una mirada, me refiero a que el artista cuando hace su obra está depositando una mirada hacia ella, en esta mirada hay una fase de enamoramiento vital que transforma la vibración, le aporta levedad a la materia. Porque no lo dudemos, el artista cuando crea está en pleno acto de amor.

Aquí hay un enamoramiento entre artista y obra, y en ese enamoramiento vital hay un cambio de partículas que hacen vibrar las cosas en una onda determinada.

El espectador, al mirar la obra, siente también una especie de enamoramiento. Siente que esas vibraciones que comparte con la obra le llevan a un lugar transformador, que la colisión de esos dos flujos vitales generan una danza invisible dónde la materia comienza a perder su solidez para pasar a ser parte de un todo en armonía, donde el conocimiento cobra un sentido profundo al llevar a la cultura a un estrato trascendente.

 

Pero esto sólo puede pasar si el espectador también emite esa mirada vital hacia la obra, no siempre se enamorará, y de eso se trata, enamoramiento también se puede entender como “enamora , o, miento” ,pero de lo que estoy seguro es de que si el que mira aporta su levedad y permite que las partículas que atraviesan a él lleguen a fundirse con las que atraviesan la obra , ésta no será simplemente un objeto analizado y pasará a formar parte de una experiencia de un amor verdaderamente vital que trasciende a artista y espectador.

 

 

 

 

POR UNA MIRADA VITAL

 

 

Cuando estudié imagen y sonido nos comparaban una cámara fotográfica con el ojo humano. Ese aparato que capta la luz de afuera para llevarla a su interior y dejarla plasmada ya sea en la película o en la retina.

Pero resulta que en la etimología de “ojo” uno descubre que va más allá de un simple aparato, más bien es el lugar desde donde sale la realidad, es la mirada vital lo que hace que la realidad exista.

 

““Punto de afloramiento de un manantial” resulta de una metáfora extendida por todo el mundo, en idiomas de las más varias familias, y se explica por ser el lugar donde el agua subterránea “ve la luz.””. J. Corominas.

 

Hay dos maneras de mirar la realidad y a los otros, incluyendo nuestro entorno. De manera vital, que vendría a ser desde adentro hacia fuera y teniendo en cuenta que nuestra mirada incide en la realidad de las personas y los seres, o de manera material, que vendría a ser como consumir imágenes sin tener en cuenta nuestro entorno vital de seres vivos.

 

Cuando uno mira la realidad desde afuera para adentro, consume una imagen sin vida que elabora en su interior para, inmediatamente, elaborar un juicio de valor.

Y no olvidemos que el juicio de valor es la más sutil de las violencias del ser humano y lo que al final está destruyendo a la sociedad.

Cuando uno mira la realidad desde adentro para afuera, emite una energía vital que conecta con el corazón de las personas, las cosas, los animales y nuestro entorno en general.

 

Lo que uno recibe cuando mira la realidad de manera vital es empatía.

Esa empatía de los seres se convierte en sinfonía, ya sea entre dos personas, entre una persona y un animal, entre varios seres, entre una persona y un bosque…. Todo fluye desde el corazón de cada cual y en ese baile de miradas vitales la armonía es un valor que surge con naturalidad.

Cuando uno mira la realidad desde la materia, sólo encuentra simpatía, que viene a ser el sucedáneo de la empatía, la incapacidad de conectarse interiormente con el corazón y por consiguiente la incapacidad de generar una mirada vital. Cuando no es posible hablar desde el corazón las personas inmersas en la realidad solamente material ponen caras de simpáticos y explotan su discapacidad “cayendo bien” a todo el mundo pero incapaces de conectar con los demás.

 

Por desgracia estamos en esa esfera de las redes y en lo superficial ha ganado de mucho la simpatía a la empatía de la vitalidad. Pero estamos a tiempo de reconducir la situación, un mundo más libre no es el que está conectado a internet para poner caras simpáticas, es el que se conecta al todo, a todos los seres, a todas las cosas para generar de este mundo algo por fin interesante.

El trabajo empieza en el interior de cada cual, y es gratis.

 

 

 

¿CUAL ES EL VALOR DEL ARTE?

 

“No pienses que un ser integral tiene la ambición de iluminar a los que nos son conscientes o elevar a las personas mundanas al reino de lo divino.

Para él no existe yo y el otro, y por ello, a nadie a quien elevar; ni cielo ni infierno, y por tanto ningún destino.

En consecuencia, su única preocupación es su propia sinceridad.”

 

Lao Tze

 

 

 

En mi trayectoria he dejado unos pasos marcados en forma de obra artística, me ha encantado regalárselas a amigos queridos y familiares, he roto y tirado a la basura todas aquellas que no me parecían lo suficiente significativas del momento que estaba viviendo, e incluso he llevado obras a galerías de arte para hacer negocio con todo aquello (si por mi fuera no lo haría, pero inevitablemente tengo que comer).

 

Pero todo esto me ha hecho despertar una duda. ¿cuál es el valor del arte?

No tengo duda de que el valor del arte al que yo me refiero cuando utilizo esa palabra es el valor que tiene la creación artística como vehículo que lleva al conocimiento.

En esa cuestión, el arte es uno de los hechos a los que se puede dedicar el ser humano que más cerca está de la transcendencia de uno mismo.

El verdadero valor de los hombres y las mujeres que se dedican al arte está en residir en una actividad precaria que le lleva al conocimiento, primero de la materia, luego de su alma y después del cosmos mismo. Porque en el arte el verdadero valor es ser como la naturaleza, salir de un sistema en putrefacción para generar belleza. Eso si que tiene valor.

 

Luego hay personas que entienden el valor del arte como algo que rige un mercado, y compran bombas de humo, frivolidades intelectuales y objetos decorativos por el mero hecho de que alguien decide, desde un invisible pedestal, cual es la oferta del día.

El mercado está muy bien, pero mercadear con la cultura y convencer a los artistas de que deben crear para satisfacer a los mercados es igual a tener la voluntad de que la cultura desaparezca. Porque no nos engañemos, los jóvenes que sólo piensan en ser como los famosos artistas pop no están generando ni belleza, ni filosofía, ni cultura. Están haciendo objetos vendibles.

 

Un autor como Lao Tze, místico chino y creador del pensamiento chino contemporáneo, era un artista. Con su vida experimentaba las dimensiones que nos ofrece esta realidad, esto le iba esculpiendo el alma, mientras que con su pensamiento iba dejando textos en forma de meditación que cambiaron el mundo. ¿Tenía algún valor más que por sí mismo lo que este hombre escribía?

 

Si queremos cambiar algo en este mundo estamos casi obligados a aportar belleza en la forma que sea. Puede ser hacer un jardín, crear una escultura, mantener una charla agradable y sensible con un amigo, criar a un hijo sano o simplemente dar los buenos días de una manera sincera a quien más lo necesita.

En un mundo materialista es urgente que comencemos a desarrollar todas aquellas cosas que no valen dinero, que comencemos a dar valor al alma de las cosas y a la nuestra.

Para eso el arte es un buen lugar de encuentro, pero ¿Qué hacer si parece que todavía es algo que se mide por el nombre y el dinero?

 

Para establecer un verdadero contacto con una obra de arte primero debemos ser autocríticos y saber que hay obras que son una porquería, lo han sido y lo serán. No sentirnos culpables a la hora de valorar la mezquindez y superficialidad de algunos artistas, nos permitirá ir dando pasos hacia el reconocimiento de nosotros mismos ante una obra, además de que sienta muy bien hacer tal afirmación y no pensar que no estamos preparados intelectualmente para aquello, como parece que algunos pretenden.

Si uno camina en su interior, alejándose cada vez más de lo material, comienza a sentir que somos vibración, como dice N. Goenka, creador del Vipassana: “Nuestro cuerpo desaparece, se hace sutil e inmaterial para darnos cuenta de que somos pura vibración.”

Quizás es difícil llegar aquí, pero en el camino ya se puede vislumbrar que las personas tenemos más valor por esa vibración espiritual que por todo lo demás.

 

Y aquí viene la clave; si una obra está bien hecha, desde el corazón y técnicamente correcta a nivel de poética y concepto, si es lo suficientemente seductora y emocional en su composición y si está hecha desde esa vibración inmanente a la vez que trascendente. Uno al ponerse frente a frente con la obra reconoce esa vibración genuina de la cual se enamora en la sutileza del vacío. Hay un proceso de reconocimiento mutuo entre el artista y el espectador. No se trata de una reflexión intelectual ante un objeto analizado, se trata más bien de un “enamoramiento vital” con la vibración que hay ahí delante. Porque es el alma del artista lo que queda impregnado en la obra y lo que hace vibrar a ésta por encima de las demás, permitiendo al espectador que se reconozca en ese mundo donde quedan trascendidas las palabras porque ya forman parte de la unidad del todo. Para mi, este es el verdadero valor del arte, un vehículo donde artista y espectador comparten un viaje al absoluto.

LA PALABRA COMO AGLUTINANTE POÉTICO

 

La palabra es un arma de doble filo, es decir, que puede actuar en ambos sentidos respecto a la realidad; fragmentándola o unificándola.

La realidad es un todo, desde miles de años se ha estudiado en las disciplinas místicas que nuestra percepción está mutilada por la apariencia de las cosas, por la identificación con el cuerpo. La realidad es otra, es absoluta, está conectando todas las cosas y en todo momento.

Hasta que aparece la palabra para fragmentar esa unidad.

El ejemplo más claro que encuentro para explicarlo está en un niño pre-verbal.

En esta suposición le doy una taza de café vacía, el niño la coge y seguidamente mira al árbol que hay al costado, luego sigue con la mirada a un pájaro y seguidamente comienza a reír a carcajada limpia.

La lectura del adulto respecto a esta actitud puede ser de muchas maneras, pero nunca alcanzar la dimensión de lo que allí ha acontecido.

Al coger la taza de café se generó un reflejo que iluminó el árbol, al ser iluminado el pájaro comenzó a volar y en su vuelo dejó caer una hoja al suelo que quedó suspendida sobre un charco. El pájaro volvió y pasó a escasos centímetros de la cabeza del niño mientras piaba como en gesto de saludo. Se puso a beber del charco mientras la hoja volvía a generar reflejos que rebotaban en él.

El niño rompió en una carcajada, y reía al ver que lo que le había pasado era una serie de acontecimientos sincrónicos que le hacían estar de pleno en el absoluto. En ese momento el niño era eternidad con el todo, y el solo hecho de coger aquella cosa le había generado un mundo de magia y sincronicidad que le provocaba una felicidad extrema.

Pero llega un momento en el que comenzamos a desgranarle la realidad. Cuando le damos la taza le decimos taza, cuando mira el árbol le decimos árbol, cuando mira el pájaro… le fragmentamos la realidad y lo apartamos del todo. Ya no hay magia, ya no hay sincronicidad, ya no hay cosas que forman el todo. Ahora sólo hay palabras y cosas.

 

Pero la palabra también puede ser creadora, puede ser unificadora de la verdad del absoluto. Es obvio que ahora somos seres culturales, estoy seguro de que si no lo fuéramos, si no domináramos la palabra, habría mucha más armonía en nuestra percepción del todo. Pero hemos generado cultura y hemos desgranado la realidad hasta casi ni conocerla. Es entonces a través de la palabra como se puede llegar, también, a unificar el todo.

Mi mundo vital está en búsqueda constante de la verdad, y esa búsqueda me lleva a generar un discurso conceptual, una filosofía. Esa filosofía sería mi concepto de verdad, el grado máximo que yo puedo alcanzar en la comprensión del todo.

Es entonces cuando al crear una obra voy creando vínculos con mi discurso, voy haciendo pequeñas parcelas estéticas en forma de escultura, pintura, video… que explican mi aproximación al mundo interno que he generado respecto a mi búsqueda espiritual.

Son pequeños fragmentos que describen un mundo mucho más amplio y trascendente que mi propio ser, y es aquí donde aparece la palabra como aglutinador de la experiencia.

La palabra aparece para conectar esa experiencia estética puntual, que puede ser observar un cuadro, con la verdad de mi mundo conceptual, que está en estrecho vínculo con la búsqueda del absoluto.

La palabra es la que conecta la experiencia de un solo fragmento con una experiencia mucho más sutil que sólo el mundo de la palabra, cuando es aglutinadora, puede transmitir.

Se trata en observar, tanto en la realidad cotidiana como en una experiencia estética, que es la magia de la palabra la que consigue trascender una experiencia banal para convertirla en poesía.

Sólo así se puede llegar a comprender, como el niño, que quizás la realidad también es poema.

 

 

 

EL TIEMPO NO ES TEMPORAL

 

“Lo que posee alma transciende lo temporal y, como memoria, se convierte en tiempo.”

El arte es uno de los pocos territorios en los que la importancia de transmitir una emoción forma la singularidad de su existencia.

En el ejercicio del artista hay una parte fundamental que está más allá del necesario trabajo intelectual, se trata del ejercicio de metapsiquismo que debe trasladar a cada obra.

Siento en el día a día de mi taller que no se trata solamente de generar objetos sino que se trata de dotarlos de alma, de que formen parte de la memoria universal.

 

Creo que hemos confundido el tiempo con lo temporal; lo temporal es una construcción cultural que nos ha llevado a creer que hay algo afuera de nosotros que se llama tiempo, y la confusión está en creer que esa construcción de minutos es algo real. Según el Vedanta, y adaptado por el budismo, lo temporal es ilusorio. Esa es nuestra trampa actual. Creemos que “tener el reloj significa poseer el tiempo” y que heredar una fortuna nos hace afortunados. Hemos construido la realidad desde afuera hacia adentro, y en ese afán de acumular nos ha sido sepultada la verdadera esencia de la memoria y el verdadero tiempo.

 

La memoria es un ente universal, está en el adn de todos los seres vivos y ha ido evolucionando a través de los miles de años para ir descubriendo su efectividad y su belleza. Esta cadena de información es algo ancestral y es un código que debemos descifrar también a nivel cultural. Sólo el conocimiento ancestral de quien somos nos dejará observar que estamos hechos de tiempo, de un tiempo interno, de una evolución natural en la que se ha incluido, hemos incluido, la creación humana.

Es desde esta perspectiva desde donde cobra sentido el tiempo, porque el verdadero transmisor de la memoria es el deseo universal.

 

Es ahí donde cobra sentido el arte como eslabón en la cadena trófica del ser humano como generador de belleza. Aunque lo más interesante de esa capacidad es que se asemeja a la que hace miles de millones de años ha sido una capacidad innata de la naturaleza.

 

Por eso el artista debe aspirar a igualar, asemejar, emular, la creación que la memoria universal ha generado a través de cada ser viviente. Y eso es posible únicamente sin ego, sin pensar que estamos por encima de la memoria que nos hace ser quien  somos.

 

Cada célula tiene memoria, cada semilla tiene memoria, cada partícula mineral tiene memoria, cada sentimiento tiene memoria.

Todo lo que no frena el ego en su voluntad de ser vector, se conecta con la psique universal y lo convierte en memoria.

 

El arte es una invitación para que el artista encuentre las puertas que lo trascienden hacia su interior en la búsqueda de la memoria ancestral y una invitación para el espectador de compartir un código que le ayuda  a crecer a través de la belleza o deseo universal. En esa sinergia, entre espectador y obra, se está ejerciendo de transmisor inmanente de la memoria cultural o conocimiento.

 

 

SOBRE LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA

 

La belleza se me presenta como un concepto misterioso, sobre todo en el mundo contemporáneo, donde la belleza es un concepto asociado, e impuesto,  por la moda o los estilos.

Ha sido la hoja de ruta del arte durante muchos años, y se ha asociado a diferentes ámbitos u objetos. El cuerpo femenino, la naturaleza…

Ahora me planteo donde buscar, donde se encuentra aquello que nos hace percibir la realidad de un manera armónica y que es un signo de indudable verdad estética.

 

Miro a la naturaleza, y en ella encuentro que la belleza es un signo presente en el desarrollo del ecosistema. Desde los plumajes para atraer a la hembra, a las flores para ser polinizadas, a los frutos para ser portados por otros seres en el afán de expandir la especie… todo tiende a evolucionar su sistema a través de la belleza.

 

¿Cómo llega una flor a convertirse en la más atrayente, la más eficaz?

¿Cómo decide un ave, en su evolución, cual es el color del plumaje que será más efectivo para atraer a la mejor hembra?

¿Cómo desarrolla un fruto el sabor que le hará expandirse por el territorio?

¿Cómo decide cualquier organismo vivo que es lo más bello que puede generar?

 

Creo que la evolución de los seres vivos tiende a la belleza, que la plenitud a la que aspira cualquier cuerpo, cualquier célula, cualquier ente viviente es a la plenitud del ser, al máximo valor en la escala de la evolución sensible…la belleza.

 

Como afirma François Chen : “La belleza es algo que virtualmente está ahí, que ha estado siempre ahí, un deseo que brota del interior de los seres, o del ser, cual fuente inagotable que, más que una figura anónima y aislada, se manifiesta como presencia radiante, y relacionadora que invita a la aceptación, a la interacción, a la transfiguración.”

 

Hoy lo bello es sinónimo de bonito, y bonito es una construcción cultural que depende del momento histórico. En la era posmoderna hemos abolido el concepto de belleza, pero ¿Es posible seguir evolucionando como especie sin esa guía que dirige el ecosistema?

 

 

“Tal como lo creían los filósofos de la Grecia antigua, lo sagrado se encuentra ligado a la belleza”.

Desde una perspectiva evolutiva lo sagrado es la verdad de un ser en la búsqueda de su plenitud. La belleza en el mundo contemporáneo se esconde en las islas de armonía que uno pueda generar a su alrededor en la búsqueda de su esencia como ser. En ella quedan trascendidas modas o juicios que impidan el desarrollo en la plenitud de uno mismo.

Por eso a veces buscamos la belleza en una obra artística sin darnos cuenta que la verdadera belleza se esconde en el desarrollo y en la lucha por evolucionar del artista como ser espiritual. La belleza es el impulso que hace crecer a la persona, lo que permite que esa persona desarrolle sus islas de armonía adyacentes a un estado espiritual expansivo y en evolución. Sus obras, todo lo que queda de ese proceso de vida, son un símbolo del trayecto, son el olor de una flor, el canto de un pájaro, el color de un plumaje.

 

Por eso la belleza misma la encuentro, en mi humilde búsqueda, en todo aquello que me permite ser yo mismo en mi existencia plena. Lo que me desarrolla en mi evolución y permite que de esa armonía trabajada florezcan obras, signos, para ser compartidos.

 

 

EL ARTISTA COMO SER ESPIRITUAL

 

“Lo blando puede a lo duro.

Lo lento puede a lo rápido.

Que tus obras permanezcan en el misterio.

Muestra sólo a la gente el resultado.”

Lao Tse

 

El arte no es nada sin el artista. Y este no es nada si no emprende un camino hacia la verdad.

El arte es una opción que unos pocos escogen para llegar a materializar el camino espiritual que les impulsa. El artista verdadero es quien tras afrontarse a si mismo emprende una búsqueda guiada por la belleza infinita de la naturaleza para alcanzar la plenitud espiritual.

No hay arte sin un camino hacia la iluminación, el resto son mercancías con posibilidad de negocio pero vacías de la noble búsqueda de la plenitud del ser.

Cuando un artista emprende el camino guiado por su intuición va dejando una serie de hitos en forma de obra que ayudan a los demás a comprender donde están del camino.

El arte ha nacido como herramienta para la trascendencia, y la verdadera misión del artista es encontrar esa trascendencia en su propia vida, es caminar hacia la iniciación de la verdad. Es su vida lo que tiene valor, no sus cuadros.

Para poder diferenciar una obra que nace de la verdad de una búsqueda, de otra decorativa, hay que emprender el mismo viaje como espectador. Solo a través de la intuición que nos aporta la naturaleza seremos capaces de distinguir, como hace un hijo con una madre y una madre con un hijo, cual es el vínculo que nos une a esa verdad que tenemos enfrente. No hay duda que el amor de una madre no necesita de calificativos abstractos para definirse, o es o no es.

Cuando sacralizamos un espacio como un museo no hay duda de que la experiencia al entrar a una sala nos devela si las vibraciones que uno siente nos conducen hacia un lugar secreto donde habita la plenitud del ser o no, enseguida somos capaces de sentir si el artista se está relacionando con nosotros desde la verdad o es puro simulacro.

La belleza y la verdad van unidas de la mano. El arte es su esencia vuelta materia.

 

 

EL ARTE COMO HECHO INMANENTE DE TRASCENDENCIA

 

En mi posicionamiento anterior respecto a la espiritualidad, habitaba la idea de que en todo caso, para conseguir una espiritualidad sin fe era necesario llegar al estado espiritual de inmanencia, o sea, que la espiritualidad es lo que emana el cuerpo hacia afuera.

Sin rechazar este posicionamiento me doy cuenta en estos días que hay dos canales diferentes de una misma experiencia.

La trascendencia es una palabra que da miedo por su utilización dogmática por parte de iglesias y fanatismos religiosos. Pero en el fondo de la cuestión un estado trascendente no tiene nada que ver con las religiones, más bien tiene que ver con el cosmos.

Para poder ser un vector positivo de la tierra hay un paso fundamental y trascendente, vaciar el ego que nos aprisiona para poder tener un contacto sutil y trascendente con el universo.

Esa energía cósmica es un canal de trascendencia. Ahora si ¿dónde queda el concepto de espiritualidad inmanente?

De algún modo, la espiritualidad inmanente se debe encontrar en la horizontalidad de nuestra convivencia con los otros. Es aquí donde aparece la obra de arte como pieza orgánica de la inmanencia de una espiritualidad, y no nos liemos, una espiritualidad es cualquiera de las personas que habitamos esta tierra.  El ser humano es un animal que es capaz de ser consciente de sus devenires espirituales y la obra no deja de ser un reflejo de ello. Es el sello de una experiencia sutil y enigmática de contacto con las energías que nos circundan, queramos verlas o no. De ahí la necesidad de que existan los artistas.

La inmanencia y la obra deben ser la vía para contagiar a los otros el deseo de la vida abierta. Y permitir que la sociedad se convierta en un vector positivo para cualquier futuro cambio. La inmanencia, como consecuencia de la trascendencia y como producto del arte nos puede llevar a comprender que existen fuerzas de un cosmos que nos pueden permitir a cada uno de nosotros habitar la tierra como verdaderos poetas.

 

EL VACÍO COMO IMPULSO CREATIVO

 

Creo que ya voy pudiendo definir el camino hacia el cual me dirijo en mi vida artística y me siento acompañado, de una manera honesta, por mi obra.

En el fondo el ideal de obra artística que tengo se podría resumir en un círculo, sin más ni menos. Un círculo primario que por su sencillez pueda llamarnos la atención estética.

Ese camino se puede llamar primitivista, y en el fondo podría ser una buena definición de la propia forma estética. Pero ante un primitivismo salvaje me inclino por un impulso primario, primitivo, pero aún así meditado.

En el fondo ese estado meditativo se resumiría en el vacío, el vacío de la meditación y de ciertos estados de trascendencia, pero es un estado de vacío donde no existe la necesidad creativa y donde no queda una necesidad de plasmación estética.

Así, la creación que voy desarrollando, en ese sentido abismal de mi vida, siempre será una creación de frontera, será siempre un ir y venir hacia un estado meditativo donde la belleza es la guía y el motivo al mismo tiempo. Un lugar donde las emociones y el metapsiquismo está latente en toda la creación de la naturaleza. Un lugar que se define así mismo como síntesis del vacío.

Siempre serán obras que van hacia la nada o que nacen al abandonarla.

 

 

ENTREVISTA

 

“Creo que si existiera una forma figurativa de dios, sería la naturaleza”.

 

-¿Crees en Dios?

Cada vez creo más en un dios alejado de todo precepto católico.

Creo en un dios que no está inquisitorialmente por encima del hombre, que no juzga ni castiga sino que forma parte de él.

Creo en las fuerzas sutiles del cosmos, pero sin promesas ni devociones. Somos energía en constante interacción, entre nosotros los humanos, las cosas y el cosmos.

-Descríbeme más.

Ante el abuso de poder que han ejercido las iglesias manipulando la capacidad creativa de los hombres y mujeres…..

-…Creativa?

Crear lleva implícita la misma raíz que creer, el acto creativo está lleno de fe en el hombre, en la capacidad de generar artilugios capaces de trascendernos.

-Siga

….Tras los abusos de poder de las iglesias el hombre contemporáneo ha conquistado su propio estado de inmanencia en el que la fe queda abolida a favor de la creación humana, o sea cultural.

Pero en ese proceso queda también abolida la capacidad del ser humano para convertirse en un ser trascendente. Nos perdemos en nuestra capacidad inmanente como seres espirituales/creativos y olvidamos la gran y sutil fuerza del universo.

-Crees en una nueva fe.

No. La fe ha sido la herramienta de las iglesias para engañar al pueblo con promesas.

-¿Entonces de que hablas concretamente?.

Hablo de nuestra capacidad para sentir en nosotros mismos la fuerza del universo, una fuerza armónica que nos acompaña en todo momento, que siempre está ahí.

Es un intercambio trascendente que nos permite la inmanencia hacia las otras personas y las cosas.

-Dice personas y cosas ¿Dónde encajaría a los animales?

Creo que los animales, al no engañarse con la cultura ni con la palabra, son mucho más libres que los humanos, creo que a veces nos observan y se ríen de nuestra ignorancia.

-¿Por qué?

Porque ellos están en perfecta armonía con el cosmos.

-Si ese dios del que hablas existiera ¿Qué forma le darías?

Me encanta la expresión de Nietsche: “Solo creería en un dios que supiera bailar”, pero es demasiado antropomórfico.

Yo prefiero la sinfonía de la naturaleza…

-¿?

Creo que si existiera una forma figurativa de dios, sería la naturaleza, todo aquello que es capaz de hacer la tierra (venerada en muchas culturas como deidad) con las energías sutiles del cosmos.

Toda esa creación trabaja en armonía inmanente entre sus componentes, y trascendente respecto a la voluntad que la hace crecer.

Lo peor de todo es que se nos ha olvidado que nosotros formamos parte de ella.

-Pero el ser humano la está destruyendo…

El ser humano se está destruyendo a si mismo, el mundo seguirá en su creación cuando nosotros hayamos muerto.

-Entonces ¿para que crear arte?

En mi caso toda mi obra parte de un proceso de intercambio inmanente con la naturaleza.

En el proceso de mi obra yo paso a formar parte activa de la actividad del cosmos, paso a formar parte de esa sinfonía universal. Ese intercambio se convierte en procedimiento, cada obra que tengo, sea hecha en el campo o en la ciudad, parte de un intercambio.

Nunca de una reflexión que esté por encima de la naturaleza, ni de un juicio cultural, es un intercambio que me lleva a un concepto.

-¿Hablas con la naturaleza?

No. Habla en mi interior lo que una parte de la naturaleza significa en diferentes momentos de mi vida.

A veces la visión de una piedra en medio del camino es más potente que todos los argumentos del mundo.

Esa piedra cobra significado y ahí aparece la obra artística.

El concepto que queda para los otros es un significante de la grandeza de las fuerzas sutiles del cosmos. Es una invitación a ver que hay algo más detrás de la obra.

Esa pieza trasciende a un mundo armónico más amplio del que todos formamos parte.

Esa es mi aportación con el arte.

 

NATURALEZA EN EL CONTEXTO URBANO

 

Me planteo mi trabajo artístico desde la perspectiva de la naturaleza, veo en el medio natural una fuente inspiradora que me lleva a formar parte de la sinfonía del cosmos, me deja ser parte activa de la influencia de la creación.

Partiendo de esta base veo en mi obra ciertas fases diferentes en lo que respecta a la forma y a los materiales utilizados.

Por un lado trabajo en la producción de piezas de la naturaleza a las cuales, tras una composición y conceptualización, dignifico por encima de su propio entorno al singularizarlas en un museo.

Un peldaño en la obra es cuando a los elementos naturales les añado materiales y conceptos propios de la cultura, es entonces cuando la contextualización de la pieza incluye a la creación humana, en estado de desecho, y a la propia cultura como forma de la naturaleza. En estas creaciones hay una búsqueda activa de lo que adelantaba Levi-Strauss en sus escritos. “La cultura urbana nos lleva a percibir la naturaleza desde la alienación que aporta la vida en la ciudad, donde la cultura se genera desde la propia cultura generando así una atrofia social, estética y humana.”

La cultura es parte de la naturaleza y debe partir de ella para generar una vida urbana saludable.

Ahora, en la ciudad, tengo en proyecto seguir trabajando en la búsqueda de lo bello, como la forma del esplendor del ser de cualquier ser natural, que se haya con facilidad en las sinergias que fluyen en el silencio y las formas naturales.

Pero, ¿Cómo hacer esto en una ciudad?

Este es el reto. En el entorno natural es fácil ver las sinergias que se generan entre un árbol y tu, en la ciudad en cambio las sinergias que se pueden dar pueden alejarte de la sinfonía del universo, así uno se plantea cómo puede vivir pegado a la naturaleza en un entorno de cemento, donde los árboles son un hecho anecdótico  y donde los animales enferman  de malnutrición. Y creo que la respuesta está en cómo se afronta el propio hecho natural, en una ciudad se pueden generar otro tipo de sinergias acordes con las limitaciones que nos aporta el contexto urbe.

Hay infinidad de maneras de vivir la naturaleza como la sinfonía del cosmos en una ciudad, posiblemente se trata en encontrar la inmanencia interior que nos constituye como seres naturales, conectar con el silencio de uno mismo frente al caos que nos aporta el entorno.

Y de eso va a tratar mi obra en el contexto urbano.

Seguramente será una etapa de más percepción  de la naturaleza en uno mismo, de más silencio interior, de más convencimiento de que cada vez que afronto un cuadro, en su ejecución, soy naturaleza, soy el vector que conecta esa obra, hecha en un entorno urbano, con la sinfonía del cosmos que late en mi interior.

Esa es mi obra, un símbolo que acerca al otro a ser naturaleza, en el viaje compartido de la espiritualidad humana.